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Las aventuras son la mejor forma de aprender

Cuanto más viajamos más nos damos cuenta de lo grande que es el mundo y de lo fantástico que a veces resulta. Supongo que necesitaríamos muchas vidas para recorrerlo todo y entender cada país, costumbre, religión y persona. Viajar es la mejor forma de aprender, de darnos cuenta de las cosas y caer en veintes. Algunos viajes se vuelven algo que marca nuestras vidas, un parte aguas, sin importar lo lejos que vayamos ni las culturas que conozcamos. En el rincón menos esperado puedes encontrar una experiencia que te hará bailar, sonreír, correr, amar, descubrir, disfrutar y seguro te cambiará esa visión de vida. El viaje del West Coast Trail fue uno de esos viajes para mi. La aventura empezó en septiembre de 2016, un recorrido que propone caminar varios kms por la costa de la isla de victoria en Canadá. Cinco semanas antes de emprender este viaje que tanta ilusión me provocaba, tuve un accidente donde me fracturé el tobillo, poniendo en riesgo todas las metas y preparaciones que habíamos hecho para esta aventura. Nos propusimos no cancelar, avanzar día con día con una recuperación ambiciosa pero posible. El viaje comenzó con algunos días en Vancouver, recorriendo los rincones donde mi cómplice del viaje e intima amiga, había nacido. Toda la logística y planeación del viaje giro alrededor del hike, ¿Dónde rentar coche? ¿Qué equipo de camping? ¿Qué ropa necesaria? Comprar la comida y todo lo necesario para no sufrir frío, hambre y aún así que quepa todo en una back pack que puedas cargar sobre los hombros en TODO el recorrido. Sin olvidar la bocina, libreta, cámara y obviamente el mezcal. Suena sencillo pero aun en el súper mercado íbamos tentando cada cosa por su peso, descubriendo que los pimientos, berenjenas y la alfalfa son gran opción, porque tampoco queríamos vivir de cacahuates.... Por fin, comenzó el recorrido, mochilas cargadas, mapas listos, corazones completos y una determinación apasionante por terminar el hike con todo y pie medio dañado. La magia de todo este recorrido es adentrarse en el bosque y caminar caminar caminar hasta que la luz del día lo permita, detenerse a comer y dormir montando un campamento dónde todo, absolutamente todo lo debíamos montar y crear nosotras, sin ayuda de nadie. Montar la casa de campaña, cocinar, hacer fogata, cruzar zonas peligrosas, encontrar agua, y si era necesario hasta pelear con osos (naaaa, no te creas). En varios momentos del recorrido había esta sensación muy profunda que nos sentíamos inmersas en la naturaleza, una mezcla de olores, brisas y escenarios que nos permitían disfrutar de la sencillez y a la vez majestuosidad de cada hoja, alberca de lodo e inmensidad del ecosistema, nada nos garantizaba que los animales “peligrosos” como los osos o felinos no se cruzaran en nuestro camino. La misma caminata requería a momentos salir del bosque para caminar sobre la playa, que suena una idea romántica pero sin duda caminar varios kilómetros por la arena pesada y cargando 35 kg sobre los hombros nos replanteo mucho esta ilusión. Caminar por la playa nos permitía cambiar de escenario súbitamente estimulando los sentidos de forma variada. La locura intrépida que llevamos dentro hacía que no pasaran ni siquiera segundos donde aparecía la playa y ya estábamos corriendo para remojarnos en el mar helado, sintiendo como entre gritos y sonrisas el agua fría congelaba hasta nuestros pensamientos.

Vivimos esos momentos en donde el universo se pone en pausa y olvidas quien eres, solamente estas ahí para sentir y para recibir todo lo que el ambiente te ofrece. Estábamos listas para decir que SI y para recibir lo que sea con los brazos abiertos. En varias ocasiones había que bajar escaleras rústicas de madera húmeda y muy empinadas con muchos escalones cargando el equipaje en la espalda. En general las escaleras estaban en buen estado pero algunas otras les faltaban peldaños o estaban muy deterioradas. Por supuesto que nos daba miedo, mirábamos hacia abajo por esa escalera interminable para encontrarse abajo con otra y otra más... sabiendo que era el único camino para avanzar hacia adelante. La primera noche que pasamos en el West Coast Trail fue la noche que mas he dormido en mi vida, después de una cena completa y gourmet de lentejas, verduras y quinoa caímos agotadas en la casa de campaña. Algo que me encanta de estas experiencias de acampar es que vivimos como el sol, una vez que se mete la luz, cenamos, platicamos y dormimos, la hora del reloj se vuelve irrelevante, nos re-conectamos con el instinto, la naturaleza y con nuestro cuerpo. La mente y la destreza física se convierte en el mejor aliado. Los siguientes días y noches evolucionaron hasta permitirnos camuflajearnos con el ambiente que nos rodeaba, desempacábamos, montábamos, cocinábamos y recogíamos el campamento con mayor eficiencia. Hasta tiempo nos daba para tomarnos un té y mirar el espacio que nos acogía. Increíble pensar que llevábamos todas nuestras necesidades cargadas por nuestros hombros sin depender de nada más que de nuestra mente, cuerpo y espíritu aventurero. Es sorprendente cómo con esta habitual sencillez todo se vuelve mas simple, perdemos las necesidades y reducimos nuestro equipaje material. Finalmente aprendí el inmenso valor del presente, de entrar en total consciencia y gratitud, de una buena compañía, un momento de silencio, una profunda platica bajo el cielo estrellado o una mano que te ayuda a cruzar un obstáculo con el pie roto. Por cierto, el pie roto pasó a último plano, la lesión dejo de ser importante desde el momento que comenzó esta intrépida aventura, me recuperé en cada paso que dimos, con cada escenario capturado. Los días del West Coast Trail nos marcaron para siempre, al final de la experiencia teníamos los pies muy sucios, el pelo despeinado y los ojos deslumbrando.

¿Cuál será la siguiente aventura ?

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