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Caminando sobre un desierto de sal

Todo comenzó en un mensaje de Instagram donde al ver una foto que nos cautivo el alma y de forma telepática y sincronizada nos mandamos una amiga y yo un mensaje que gritaba la necesidad de conocer este lugar remoto; Uyuni. La imagen parecía con cientos de retoques digitales pues no podría existir tal lugar. El imponente salar en primer plano, una montaña en el centro reflejada perfectamente en la superficie, sin gente, los colores del cielo se espejeaban en el salar, todo inmenso y contenido a la vez por esta sensación de estar mirando una imagen de otra galaxia.

No era posible la coincidencia del impacto que causo la imagen en nosotras 2. Por cómo somos, unos días después compramos nuestros boletos para conocer este lugar paradisiaco para comprobar su existencia con nuestros propios ojos.

Volamos de La Paz a Uyuni; desde el avión se veía el destino en medio de la nada y el olvido. El pueblo de Uyuni, un lugar sin color, sin estructuras altas, las calles algo vacías y un sin fin de basura merodeando en cada rincón. Aún así llegamos a la “oficina de turismo” donde habíamos reservado un paquete de 3 días y 2 noches. Antes de llegar a Uyuni nos mega equipamos de pieles de alpaca en todas sus versiones; calentadores, gorros, suéteres y ponchos pues las malas lenguas decían que pasaríamos las noches más frías de nuestras vidas. Conforme avanzaba el día fuimos entendiendo dónde nos encontrábamos, existía una sensación de intriga y emoción por conocer cada rincón de este espacio.

Comenzamos la travesía. Nos montamos en una jeep, el chofer, el fotógrafo de Instagram Hilton (a quién obviamente contactamos para ir con el a tal destino), una cocinera y nosotras dos que al juzgar por nuestros físico ya no teníamos apariencia de pertenecer a ningún lugar entre prendas de alpacas y miradas internacionales. El viaje empezó con una parada en un cementerio de trenes, donde por alguna razón se volvió un atractivo turístico donde un sin fin de desperdicios de herrería abandonados. Después de deambular y hacer piruetas por algunas locomotoras y esqueletos de herrería nos detuvimos a mirar esas vías de tren interminables áridas que ahora solo dejaba volar sobre ellas basura y polvo. Un paisaje lleno de abandono y desolación pero entre la luz del día, la gente y el viento le iban regresando día con día un poco de vida a este espacio.

Nos remontamos a la jeep, esta vez nos subimos en el techo de la jeep dejando que entre el viento y la sal que golpeaba nuestra cara y nos sintamos invencibles, como si nada mas en ese momento importara. La velocidad real de la jeep supongo que bastante baja pero la sensación fue cómo si éramos los únicos viviendo la experiencia de esta forma tan libre y feliz.

Inmersos en el salar de Uyuni, al ver un gigantesco espacio sin más gente nos detuvimos a esperar el atardecer, esta hora donde ese reflejo magnifico que había conquistado nuestra mente sucedería. Nos tomamos unas fotos, bebimos unos varios tragos de vino, reímos, hicimos malabares y una cantidad de piruetas que nos iba dejando la ropa blanca de sal y varias sonrisas intercaladas con memorias.

Así, llegó la hora del atardecer; 6 15 pm… ponchos puestos pues empezaba a hacer más frío. De un extremo se veían unas montañas, ilusivamente parecían estar cerca pero también lejos. una sensación que parecían estar cerca pero también lejos. Una posible alucinación mental, no se distinguían distancias de nada y a la vez sabíamos dónde estábamos. Pues ubicadas en el centro del salar (o por lo menos así sentíamos), no importaba hacia donde mirábamos encontrábamos un escenario resplandeciente. Montañas, nubes, cielo despejado, la 4x4, agua en la superficie del salar y nosotros… todo duplicado y reflejado casi a la perfección en la superficie interminable, con una claridad asombrosa. El cielo se torno amarillo, naranja y rojizo en tonos que nunca habíamos visto. En cuestión de segundos minutos u horas todo termino. El cielo ahora era azul con morado dejando poco a poco exponer las estrellas de este cielo infinito. Podría ser un golpe casi adictivo porque cuando nos teníamos que ir para manejar de noche sobre salar queríamos más y más, queríamos ver ¿Cómo reaccionaba el salar en las siguientes horas de la noche?¿Cómo iba a cambiar? ¿Cómo se verían las estrellas? ¿Que creaturas ocuparían este espacio de noche?… Cuantos atardeceres podría repetir en mi mente y aún así no sería suficiente.

Dormimos en Uyuni, en un hostel en verdad poco amigable y limpio. Para estas alturas del viaje, habíamos expandido nuestras comodidades a lo básico. Descubrimos que conforme pasaba el tiempo, nos volvimos más tolerantes a este tipo de “imperfecciones”, íbamos perdiendo esa dotación innecesaria, algunas comodidades dejaron de ser tan relevantes, pues lo que valorábamos en estas situaciones se reducía a estar viviendo momentos increíbles juntas y que nada externo pudiera perturbar las sonrisas que la vida nos ponía sobre la mesa. Solo teníamos que decidir tomarlas y dejarnos sorprender.

Asi que cómo no teníamos mucha opción nos aclimatamos a la situación, nos bañamos y nos tumbamos a dormir protegidas por un saco de sabanas que con suerte empacamos desde México. Al siguiente día comenzamos temprano con un desayuno limitado y engañosamente vegetariano pues nos prepararon especial un guisado de verduras que en realidad era un tipo de salchicha y al probar con toda confianza me sorprendí del sabor “extraño”, supongo hace tantos años que no comía algo así ni siquiera pude distinguir lo que estaba masticando. Una vez más, evitando que esto nos perturbara con toda paciencia intentamos volver a explicarle a nuestros anfitriones lo que implicaba una comida realmente vegetariana. No fue de mucha ayuda ya que aún con esto el resto de los días tuvimos que aderezar la comida escasa e insípida que nos dieron con mostaza y aceite de oliva. Si, al parecer eso repara cualquier sabor.

Ese día nos adentramos en el desierto descubriendo varias lagunas de diferentes tonos. La laguna colorada, en ella hay un numeroso grupo de flamingos paseándose por ahí, vimos la oportunidad de hacer uno de nuestros desmadritos metiéndonos dentro de la laguna corriendo y paseando sobre unas “islas flotantes” hechas de heces de las aves. Unas islas inmensas que extrañamente no tenían ninguna marca de zapatos ni huellas por ahí. Nos llamó la atención un guardia con señas insinuando que saliéramos de ahí pues era área protegida, pero solo en Bolivia la gente asume que no se puede entrar cuando el paso estaba casi iluminado invitándonos a remeternos más hacia la aventura y lo natural. De inmediato regresamos al jeep para encontrarnos con una penalización de quedarnos 2 meses en Bolivia y pagar mil bolivianos. Le discutimos los mil bolivianos por supuesto quedarnos 2 meses en Bolivia nos parecía una puerta a algo maravilloso. Después de un par de sonrisas y comprarle una botella de vino nos dejó ir sin multa ni tampoco la posibilidad de extender nuestra aventura.

Continuamos el viaje y nosotras seguíamos en la hidratación de vino constante. Ya adentrado el atardecer, llegamos al temeroso hotel donde pasaríamos la siguiente noche y oh sorpresa! Un hotel bastante lindo, quizá fue porque estábamos esperando algo muy austero, sucio o básico o realmente estaba lindo pero lo importante es abrazamos el hotel y le llamamos hogar por las siguientes horas.

Nos re hidratamos de vino, cenamos, y jugamos cartas de verdad o reto para finalmente dormir como bebé sobre una cama de terciopelo rosa muy suavecita. El tercer y último día nos tocó una desmadrugada para ver el amanecer en los geiseres. El frió cortaba como cuchillo, las ventanas de la jeep no se podían bajar porque estaban congeladas. Llegamos a este increíble geiser del sol lleno de columnas de humo de varios metros donde se escuchaba el agua borboteando de temperatura por doquier. Casi tan hostil como la vida. Un poco de olor a azufre, el sol se asoma poco a poco y nosotras con un mini tripie tomando cientos de fotos impactadas de nuevo con un escenario que se asemeja mas a Marte que a la Tierra. Este espacio nos dio una galería fotográfica alucinante que supongo conmoverá a otras personas para visitar este lugar remoto y mágico cómo a nosotras nos llamó esa foto de Instagram.

Ya con el sol calentando los huesos nos fuimos a remeter en aguas termales que nos hizo olvidar cualquier frío imaginado, nos dejamos ir como gordas en tobogán, en cuestión de minutos ya estábamos en bikini dentro del agua calientita queriendo pasar ahí toda la mañana mirando el horizonte y un par de guapos en traje de baño y calzones. Todo era bienvenido.

El regreso a Uyuni son muchos kilómetros de estar en la Jeep, pero el paisaje es tan cambiante que el tiempo pasa volando, cruzamos ríos, desiertos, montes y un espacio de rocas gigantes que sin dudar ni un segundo ya estábamos escalando para sentir ese viento de cima que hace palpitar el corazón a mil por hora.

Uyuni, un lugar de contrastes descomunales; se volvió más que marcar una palomita en una lista de “places to go”. El viaje por el altiplano boliviano nos hizo madurar, expandió nuestra tolerancia, nos conectó más con nosotras mismas y definitivamente una experiencia que recordamos nostálgicas con cada imagen que resguarda una historia. Una vez más podemos decir que nuestros ojos captaron imágenes de otro planeta que la mente no ha terminado de creer.

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